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domingo, 17 de marzo de 2013

Texto de la Homilia de s.s. Francisco en la Misa de Clausura del Cónclave



SANTA MISA CON LOS CARDENALES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Capilla Sixtina
Jueves 14 de marzo de 2013

En estas tres lecturas veo que hay algo en común: es el movimiento. En la primera lectura, el movimiento en el camino; en la segunda lectura, el movimiento en la edificación de la Iglesia; en la tercera, en el Evangelio, el movimiento en la confesión. Caminar, edificar, confesar.
Caminar. «Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor» (Is 2,5). Ésta es la primera cosa que Dios ha dicho a Abrahán: Camina en mi presencia y sé irreprochable. Caminar: nuestra vida es un camino y cuando nos paramos, algo no funciona. Caminar siempre, en presencia del Señor, a la luz del Señor, intentando vivir con aquella honradez que Dios pedía a Abrahán, en su promesa.
Edificar. Edificar la Iglesia. Se habla de piedras: las piedras son consistentes; pero piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la Esposa de Cristo, sobre la piedra angular que es el mismo Señor. He aquí otro movimiento de nuestra vida: edificar.
Tercero, confesar. Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, Esposa del Señor. Cuando no se camina, se está parado. ¿Qué ocurre cuando no se edifica sobre piedras? Sucede lo que ocurre a los niños en la playa cuando construyen castillos de arena. Todo se viene abajo. No es consistente. Cuando no se confiesa a Jesucristo, me viene a la memoria la frase de Léon Bloy: «Quien no reza al Señor, reza al diablo». Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio.
Caminar, edificar, construir, confesar. Pero la cosa no es tan fácil, porque en el caminar, en el construir, en el confesar, a veces hay temblores, existen movimientos que no son precisamente movimientos del camino: son movimientos que nos hacen retroceder.
Este Evangelio prosigue con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor.
Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará.
Deseo que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado. Que así sea.  

jueves, 14 de marzo de 2013

Misa de Acción de Gracias por la Elección del Papa Francisco


Las primeras actividades de santo Padre Francisco


(RV).-La Sala de Prensa de la Santa Sede ha dado a conocer las primeras actividades del Papa:
 
El 14 marzo por la mañana, el Santo Padre Francisco visita en privado un lugar mariano en Roma.

 
Por la tarde, a las 17.00, el Papa preside la Concelebración Eucarística con los Cardenales electores en la Capilla Sixtina.A las 11.00 del viernes 15 de marzo, el Santo Padre recibe en audiencia a todos los cardenales en la Sala Clementina.

 
Sábado 16 de marzo, a las 11.00, audiencia a los operadores de las comunicaciones sociales, en el Aula Pablo VI.Domingo 17 de marzo, el Santo Padre reza el Ángelus desde el Apartamento Papal, a las 12.

 
La Misa por la solemne inauguración del Pontificado se celebrará en la Plaza de San Pedro martes 19 de marzo, Solemnidad de San José, a las 9.30.

 
(RC-RV) 


domingo, 17 de febrero de 2013

Homilía de la última Misa del Papa en Miércoles de Ceniza 2013 (texto completo)


Venerados Hermanos, 
Queridos hermanos y hermanas:


Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos un nuevo camino cuaresmal, un camino que se extiende por cuarenta días y nos conduce a la alegría de la Pascua del Señor, a la victoria de la vida sobre la muerte. 


Siguiendo la antigua tradición romana de las estaciones cuaresmales, nos reunimos para la celebración de la Eucaristía. La tradición dice que la primera estación tiene lugar en la Basílica de Santa Sabina de Aventino. Las circunstancias nos han reunido en la Basílica Vaticana.


Esta tarde muchos estamos alrededor de la tumba del apóstol Pedro para pedir también su intercesión por el camino de la Iglesia en este momento particular, renovando nuestra fe en el Supremo Pastor, Cristo el Señor. 


Para mí es una oportunidad propicia para agradecer a todos, especialmente a los fieles de la diócesis de Roma, mientras me preparo para concluir el ministerio petrino, y pedir que me recuerden especialmente en su oración.


Las lecturas que se han proclamado nos permiten entender que, con la gracia de Dios, estamos llamados a poner por obra las actitudes y comportamientos concretos durante esta Cuaresma. La Iglesia nos vuelve a proponer, en primer lugar, el fuerte reclamo que el profeta Joel dirige al pueblo de Israel: "Así dice el Señor, retornen a mí con todo el corazón, con ayuno, con llantos y lamentos" (2,12).


Se subraya la expresión "con todo el corazón", que significa desde el centro de nuestros pensamientos y sentimientos, desde las raíces de nuestras decisiones, opciones y acciones, con un gesto de total y radical de libertad. Pero, ¿es posible este retorno a Dios? Sí, porque hay una fuerza que no reside en nuestro corazón, sino que emana del corazón mismo de Dios. Es la fuerza de su misericordia.


Dice además el profeta: "Retorna al Señor, vuestro Dios, porque él es misericordioso y piadoso, lento a la ira, de gran amor, pronto a arrepentirse respecto al mal". El retorno al Señor es posible como "gracia" porque es obra de Dios y fruto de la fe que nosotros reponemos en su misericordia. Pero este retornar a Dios se hace realidad concreta en nuestra vida solo cuando la gracia del Señor penetra en lo íntimo y lo sacude donándonos la fuerza de "rasgar el corazón". 


Y todavía el profeta hace resonar de parte de Dios estas palabras: "rasguen vuestro corazón y no las vestiduras" (v.13). En efecto, también en nuestros días, muchos están prontos a "rasgarse las vestiduras" ante escándalos e injusticias –naturalmente cometidos por otros– pero pocos parecen disponibles a actuar sobre el propio "corazón", sobre la propia consciencia y sobre las propias intenciones, dejando que el Señor transforme, renueva y convierta.


Ese "retornar a mí con todo el corazón", entonces, es un reclamo que involucra no solo al individuo, sino a la comunidad. Hemos escuchado siempre en la primera lectura: "Suene el cuerno en Sión, proclamen un solemne ayuno, convoquen una reunión sagrada. Reúnan al pueblo, congreguen a una asamblea solemne, llamen a los viejos, reúnan a los niños, los lactantes; salga el esposo de su cámara y la esposa de su tálamo" (vv.15-16). 


La dimensión comunitaria es un elemento esencial en la fe y en la vida cristiana. Cristo ha venido "para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos" (cfr Jn 11,52). El "Nosotros" de la Iglesia es la comunidad en la que Jesús nos reúne (cfr. Jn 12,32): la fe es necesariamente eclesial. Y esto es importante recordarlo y vivirlo en este Tiempo de la Cuaresma: que cada uno sea consciente de que el camino penitencial no lo afronta solo, sino junto a tantos hermanos y hermanas en la Iglesia.


El profeta, finalmente, se refiere a la oración de los sacerdotes, los cuales, con lágrimas en los ojos, se dirigen a Dios diciendo: "No es tu heredad el oprobio y escarnio de las naciones. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: ‘Dónde está su Dios?’" (v.17). Esta oración nos hace reflexionar sobre la importancia del testimonio de fe y de vida cristiana de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades para manifestar el rostro de la Iglesia y como este rostro es, a veces, desfigurado. 


Pienso en particular en las culpas contra la unidad de la Iglesia, en las divisiones en el cuerpo eclesial. Vivir la Cuaresma es una más intensa y evidente comunión eclesial, superando individualismos y rivalidades, es un signo humilde y precioso para aquellos que están lejanos o indiferentes ante la fe.


"¡Es ahora el momento favorable, es ahora el día de la salvación!" (2 Cor 6,2). Las palabras del Apóstol Pablo a los cristianos de Corinto resuenan también para nosotros con una urgencia que admite ausencias o inercias. El término "ahora" repetido más veces indica que este momento no puede dejarse pasar, es ofrecido a nosotros una ocasión única e irrepetible. Y la mirada del Apóstol se concentra en el compartir con el que Cristo ha querido caracterizar su existencia, asumiendo todo lo humano hasta hacerse cargo del mismo pecado de los hombres. 


La frase de San Pablo es muy fuerte: Dios "lo hace pecado a nuestro favor". Jesús, el inocente, el Santo, "Aquel que no ha conocido pecado" (2 Cor 5,21), se hace cargo del peso del pecado compartiendo con la humanidad el éxito de la muerte y de la muerte de cruz. La reconciliación que nos viene ofrecida ha tenido un precio altísimo, el de la cruz elevada sobre el Gólgota, sobre el que estuvo colgado el Hijo de Dios hecho hombre.


En esta inmersión de Dios en el sufrimiento humano y en el abismo del mal está la raíz de nuestra justificación. El "retornar a Dios con todo el corazón" en nuestro camino cuaresmal pasa a través de la Cruz, el seguir a Cristo en el camino que conduce al Calvario, al don total de sí. Es un camino en el que se debe aprender cada día a salir siempre más de nuestro egoísmo y da nuestras cerrazones, para hacer espacio a Dios que abre y transforma el corazón. 


Y San Pablo recuerda como el anuncio de la Cruz resuena en nosotros gracias a la predicación de la Palabras, de la que el mismo Apóstol es embajador, un reclamo para nosotros para que este camino cuaresmal sea caracterizado por una escucha más atenta y asidua de la Palabras de Dios, luz que ilumina nuestros pasos.


En la página del Evangelio de Mateo, que pertenece al llamado Discurso de la montaña, Jesús hace referencia a tres prácticas fundamentales previstas por la ley mosaica: la limosna, la oración y el ayuno, son también indicaciones tradicionales en el camino cuaresmal para responder a la invitación de "retornar a Dios con todo el corazón". 


Pero Jesús subraya como debe ser la calidad y la verdad de la relación con Dios lo que califica la autenticidad de cada gesto religioso. Por esto Él denuncia la hipocresía religiosa, el comportamiento que quiere aparecer, las actitudes que buscan el aplauso y la aprobación. El verdadero discípulo no se sirve a sí mismo o al "público", sino a su Señor, en la simplicidad y en la generosidad: "Y el Padre tuyo que ve en el secreto, te recompensará" (Mt 6,4.6.18).

Nuestro testimonio entonces será siempre más incisivo cuanto menos busquemos nuestra gloria y seremos conscientes que la recompensa del justo es Dios mismo, estar unidos a Él, aquí, en el camino de la fe y, al final de nuestra vida, en la paz y en la luz del encuentro cara a cara con Él para siempre (cfr 1 Cor 13,12).


Queridos hermanos y hermanas, comenzamos confiados y alegres el itinerario cuaresmal. Resuena fuerte en nosotros la invitación a la conversión a "volver a Dios con todo el corazón", acogiendo su gracia que nos hace hombres nuevos, con aquella sorprendente novedad que es participación en la vida misma de Jesús. 


Que ninguno de nosotros, entonces, sea sordo a este llamado, que nos viene dirigido también en el austero rito, tan simple como sugerente, de la imposición de las cenizas, que dentro de poco cumpliremos. Que nos acompañe en este tiempo la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de todo auténtico discípulo del Señor. ¡Amén!

lunes, 11 de febrero de 2013

Texto de renuncia de Benedicto XVI al Pontificado



Queridísimos hermanos,


Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia.


Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. 


Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. 


Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. 


Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.


Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. 

Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. 


Por lo que a mí respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.


Vaticano, 10 de febrero 2013


BENEDICTUS PP. XVI".

sábado, 2 de febrero de 2013

Mensaje para la cuaresma 2013 - Benedicto XVI


MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2013

Creer en la caridad suscita caridad
«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn
4,16) 


 Nota: Para descargar el pdf clic en el enlace, luego a "archivo" / Descargar.

lunes, 5 de abril de 2010

Mensaje Urbi et Orbi Domingo 4 de abril de 2010

ADSUM!


SURREXIT DOMINUS VERE, ALLELUIA!


Queridos hermanos y hermanas: 

Os anuncio la Pascua con estas palabras de la Liturgia, que evocan el antiquísimo himno de alabanza de los israelitas después del paso del Mar Rojo. El libro del Éxodo (cf. 15, 19-21) narra cómo, al atravesar el mar a pie enjuto y ver a los egipcios ahogados por las aguas, Miriam, la hermana de Moisés y de Aarón, y las demás mujeres danzaron entonando este canto de júbilo: «Cantaré al Señor, sublime es su victoria, / caballos y carros ha arrojado en el mar». Los cristianos repiten en todo el mundo este canto en la Vigilia pascual, y explican su significado en una oración especial de la misma; es una oración que ahora, bajo la plena luz de la resurrección, hacemos nuestra con alegría: «También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo. Te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abrahán y miembros del nuevo Israel». 

El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este "éxodo" se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el "éxodo" espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social. 

Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria». 

El pueblo cristiano, nacido de las aguas del Bautismo, está llamado a dar testimonio en todo el mundo de esta salvación, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los cristianos, especialmente los santos, han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. La Iglesia es el pueblo del éxodo, porque constantemente vive el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora siempre y en todas partes. También hoy la humanidad necesita un "éxodo", que consista no sólo en retoques superficiales, sino en una conversión espiritual y moral. Necesita la salvación del Evangelio para salir de una crisis profunda y que, por consiguiente, pide cambios profundos, comenzando por las conciencias. 

Le pido al Señor Jesús que en Medio Oriente, y en particular en la Tierra santificada con su muerte y resurrección, los Pueblos lleven a cabo un "éxodo" verdadero y definitivo de la guerra y la violencia a la paz y la concordia. Que el Resucitado se dirija a las comunidades cristianas que sufren y son probadas, especialmente en Iraq, dirigiéndoles las palabras de consuelo y de ánimo con que saludó a los Apóstoles en el Cenáculo: "Paz a vosotros" (Jn20,21). 

Que la Pascua de Cristo represente, para aquellos Países Latinoamericanos y del Caribe que sufren un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico, la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común. Que la querida población de Haití, devastada por la terrible tragedia del terremoto, lleve a cabo su "éxodo" del luto y la desesperación a una nueva esperanza, con la ayuda de la solidaridad internacional. Que los amados ciudadanos chilenos, asolados por otra grave catástrofe, afronten con tenacidad, y sostenidos por la fe, los trabajos de reconstrucción. 

Que se ponga fin, con la fuerza de Jesús resucitado, a los conflictos que siguen provocando en África destrucción y sufrimiento, y se alcance la paz y la reconciliación imprescindibles para el desarrollo. De modo particular, confío al Señor el futuro de la República Democrática del Congo, de Guínea y de Nigeria. 

Que el Resucitado sostenga a los cristianos que, como en Pakistán, sufren persecución e incluso la muerte por su fe. Que Él conceda la fuerza para emprender caminos de diálogo y de convivencia serena a los Países afligidos por el terrorismo y las discriminaciones sociales o religiosas. Que la Pascua de Cristo traiga luz y fortaleza a los responsables de todas las Naciones, para que la actividad económica y financiera se rija finalmente por criterios de verdad, de justicia y de ayuda fraterna. Que la potencia salvadora de la resurrección de Cristo colme a toda la humanidad, para que superando las múltiples y trágicas expresiones de una "cultura de la muerte" que se va difundiendo, pueda construir un futuro de amor y de verdad, en el que toda vida humana sea respetada y acogida. 

Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo hebreo se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: "Cantaré al Señor, sublime es su victoria".

S.S Benedicto XVI, Mensaje Urbi et Orbi,
Domingo 4 de abril de 2010
Pascua de Resurrección 

domingo, 7 de marzo de 2010

El Papa envía mensaje solidario al pueblo de Chile

Ciudad del Vaticano, 5 Mar. 10 (AICA) 

El papa Benedicto XVI dedicó un especial mensaje a Chile, luego del terremoto de 8,8 grados en escala de Richter que afectó la zona centro-norte del país trasandino.

A través de una carta leída por el presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, monseñor Alejandro Goic, el Pontífice se manifestó "hondamente apenado por la dolorosa noticia del sismo que ha ocasionado numerosas víctimas, heridos y cuantiosos daños materiales”.

Asimismo, ofreció “sufragios por el eterno descanso de los fallecidos y elevo fervientes plegarias al Señor para que conceda su consuelo a los afectados con tal enorme desgracia, e inspire en todos, sentimientos de esperanza cristiana y de solidaridad fraterna para superar la adversidad".

El Papa también alentó a las comunidades eclesiales, instituciones civiles y personas de buena voluntad para que “en estos difíciles momentos presten eficaz ayuda con espíritus generosos y solícita caridad”.

“Con estos sentimientos e invocando la protección de Nuestra Señora del Carmen, imparto de corazón la confortadora bendición apostólica, como signo de afecto al amado pueblo chileno", concluyó.


sábado, 6 de marzo de 2010

Benedicto XVI: “La Iglesia, casa para los pobres”


Visita al albergue de Cáritas “Don Luigi di Liegro”

Especialmente conmovedor, el saludo que brindo al Papa la señora Giovanna Cataldo – “sin techo” recuperada a la vida por voluntarios de Caritas – ex profesora, se estremecía al asegurar al Obispo de Roma la emoción propia y de cuantos le encomendaron la tarea de expresar sus sentimientos más profundos y las esperanzas que depositan en sus manos paternales:

“Las palabras de este saludo no son mías, sino nuestras – dijo Giovanna Cataldo – en la bienvenida filial que le dirijo, Santo Padre, mi voz da voz a todos esos rostros y sobre todo a las almas que aquí, en el albergue, estuvieron por un momento o durante mucho tiempo. Guardo ya larga memoria de este lugar; con frecuencia pienso en todos los que han pasado por aquí en todos estos años; muchos ya no están con nosotros, pero no nos han dejado para siempre. Necesitamos creerlo con todas nuestras fuerzas. Estaba aquel que siempre se encontraba apartado y solo; el que pintaba cuadros y nos emocionaba; el que carecía de talentos, salvo el de entrar en nuestro corazón para no salir más.

Yo misma, cuando conocí el albergue, era distinta; mi historia me había cambiado y aquí volví a cambiar. Tanto como para recibir la confianza y la gracia de poderme dirigir a usted.
Desearíamos dar un sentido a este saludo nuestro – continúo -: nosotros Santidad, le pedimos que resista a las fatigas del mundo, que recuerde que si le pedimos que ore por nosotros es porque le garantizo que nosotros rezaremos por usted. Para que Dios le de la fuerza de permanecer sereno y fuerte y lleno de esperanza como lo estamos nosotros.

Aquí encuentra dolor; ciertamente; pero si en su camino de regreso pudiera llevarse una sola cosa, lleve con usted, le ruego, la esperanza”

(L´OSSERVATORE Romano, 21 de febrero de 2010, ed. Española, Pág.7)

Discurso del Papa durante su visita al albergue “Don Luigi Di Liegro” de Cáritas, en Roma, antes del Rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro.

Queridos amigos,
he acogido con alegría la invitación a visitar este Albergue dedicado a “Don Luigi Di Liegro", primer Director de la Caritas diocesana de Roma, nacida hace más de treinta años. Agradezco de corazón al cardenal Vicario Agostino Vallini y al Administrador Delegado de Ferrovie dello Stato, el ingeniero Mauro Moretti, por las palabras que me han dirigido cortésmente. Con particular afecto expreso mi gratitud a todos vosotros, que acudís a este albergue, y que a través de la señora Giovanna Cataldo habéis querido dirigirme un caluroso saludo, acompañado por el precioso regalo del Crucifijo de Onna, signo luminoso de esperanza. Saludo a monseñor Giuseppe Merisi, Presidente de la Caritas Italiana, al obispo auxiliar monseñor Guerino Di Tora, y al director de la Caritas de Roma, monseñor Enrico Feroci. Estoy contento de saludar a las Autoridades presentes, en particular al Ministro de Infraestructuras y Transportes, honorable Altero Matteoli, a quien agradezco por sus palabras, al Alcalde de Roma, honorable Gianni Alemanno, a quien agradezco por la ayuda constante y concreta ofrecida por el Ayuntamiento de Roma a las actividades del Albergue. Saludo a los voluntarios y a todos los presentes. ¡Gracias por vuestra acogida!
Han transcurrido ya 23 años desde el día en que esta estructura, realizada con la colaboración de Ferrovie dello Stato, que generosamente puso a disposición los locales, y el apoyo del Ayuntamiento de Roma, comenzó a acoger a los primeros huéspedes. En el transcurso de los años, al ofrecimiento de un cobijo para quien no tenía donde dormir, se añadieron ulteriores servicios, como el poliambulatorio y el comedor social, y a los primeros donantes se unieron otros como el ENEL, la Fundación Roma, el ingeniero Agostini Maggini, la Fundación Telecom y el Ministerio de los Bienes Culturales – Arcis spa, en testimonio de la fuerza agregadora del amor. De esta forma el Albergue se ha convertido en un lugar donde, gracias al generoso servicio de tantos agentes y voluntarios, se realizan cada día las palabras de Jesús: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis” (Mt 25,35-36).
Queridos hermanos y amigos que aquí encontráis acogida, sabed que la Iglesia os ama profundamente y no os abandona, porque reconoce en el rostro de cada uno de vosotros el rostro de Cristo. Él quiso identificarse de forma totalmente particular con aquellos que se encuentran en la pobreza y en la indigencia. El testimonio de la caridad, que en este lugar encuentra especial concreción, pertenece a la misión de la Iglesia junto con el anuncio de la verdad del Evangelio. El hombre no tiene solo necesidad de ser nutrido materialmente o ayudado a superar los momentos de dificultad, sino también la necesidad de saber quién es y de conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su dignidad. Como recordé en la encíclica Caritas in veritate, "sin verdad la caridad se desliza en el sentimentalismo. El amor se convierte en una corteza vacía, que llenar arbitrariamente" (n. 3).
La Iglesia, con su servicio a favor de los pobres, está por tanto empeñada en anunciar a todos la verdad sobre el hombre, que es amado por Dios, creado a su imagen, redimido por Cristo y llamado a la comunión eterna con Él. Muchas personas han podido así redescubrir, y aún ahora redescubren, su propia dignidad, extraviada a veces por acontecimientos trágicos, y vuelven a encontrar la confianza en sí mismos y esperanza para el futuro. A través de los gestos, las miradas y las palabras de cuantos prestan su servicio aquí, numerosos hombres y mujeres tocan constatan que sus vidas están custodiadas por el Amor, que es Dios, y que gracias a él tienen un sentido y una importancia (cfr carta enc. Spe salvi, 35). Esta certeza profunda genera en el corazón del hombre una esperanza fuerte, sólida, luminosa, una esperanza que da el valor de proseguir en el camino de la vida a pesar de los fracasos, de las dificultades y las pruebas que la acompañan. Queridos hermanos y hermanas que trabajáis en este lugar, tened siempre ante vuestros ojos y en el corazón el ejemplo de Jesús, que por amor se hizo nuestro siervo y nos amó “hasta el extremo” (cfr Jn 13,1), hasta la Cruz. Sed, por tanto, gozosos testigos de la infinita caridad de Dios e, imitando el ejemplo del diácono san Lorenzo, considerad a estos amigos vuestros como uno de los tesoros más preciosos de vuestra vida.
Mi visita tiene lugar en el Año europeo de la lucha contra la pobreza y la exclusión social, proclamado por el Parlamento Europeo y por la Comisión Europea. Viniendo en este lugar como Obispo de Roma, Iglesia que desde los primeros tiempos del Cristianismo preside en la caridad (cfr S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 1,1), deseo animar no solo a los católicos, sino a cada hombre de buena voluntad, en particular a cuantos tienen responsabilidad en la administración pública y en las diversas instituciones, a empeñarse en la construcción de un futuro digno del hombre, redescubriendo en la caridad la fuerza propulsora para un auténtico desarrollo y para la realización de una sociedad más justa y fraterna (cfr Carta enc. Caritas in veritate, 1). La caridad, de hecho, “es el principio no sólo de las micro-relaciones: relaciones amistosas, familiares, de pequeño grupo, sino también en las macro-relaciones: relaciones sociales, económicas, políticas" (ibid., 2). Para promover una convivencia pacífica que ayude a los hombres a reconocerse miembros de la única familia humana es importante que las dimensiones del don y de la gratuidad sean redescubiertas como elementos constitutivos del vivir cotidiano y de las relaciones interpersonales. Todo estos se convierte día tras día en más urgente en un mundo en el cual, en cambio, parece prevalecer la lógica del provecho y de la búsqueda del propio interés.
El Albergue de Caritas constituye, para la Iglesia de Roma, una preciosa ocasión para educar en los valores del Evangelio. La experiencia de voluntariado que viven muchos aquí es, especialmente para los jóvenes, una auténtica escuela en la que se aprende a ser constructores de la civilización del amor, capaces de acoger al otro en su unicidad y diferencia. De esta forma el Albergue manifiesta concretamente que la comunidad cristiana, a través de sus propios organismos y sin menoscabar la Verdad que anuncia, colabora útilmente con las instituciones civiles para la promoción del bien común. Confío en que la fecunda sinergia aquí realizada se extienda también a otras realidades de nuestra Ciudad, en particular en las zonas donde más se advierten las consecuencias de la crisis económica y mayores son los riesgos de la exclusión social. En su servicio a las personas en dificultad, la Iglesia se mueve únicamente por el deseo de expresar su propia fe en ese Dios que es el defensor de los pobres y que ama cada hombre por lo que es y no por lo que posee o realiza. La Iglesia vive en la historia con la conciencia de que las angustias y las necesidades de los hombres, sobre todo de los pobres y de todos aquellos que sufren, son también las de los discípulos de Cristo (cfr Conc. Ecum. Vat. II, Gaudium et spes, 1) y por ello, en el respeto de las competencias propias del Estado, se ocupa de que a cada ser humano se le garantice lo que le corresponde.
Queridos hermanos y hermanas, para Roma el Albergue de la Caritas diocesana es un lugar donde el amor no es solo una palabra o un sentimiento, sino una realidad concreta, que permite hacer entrar la luz de Dios en la vida de los hombres y de toda la comunidad civil. Esta luz nos ayuda a mirar con confianza al mañana, seguros de que también en el futuro nuestra Ciudad permanecerá fiel al valor de la acogida, tan fuertemente enraizado en su historia y en el corazón de sus ciudadanos. Que la Virgen María, Salus populi romani, os acompañe siempre con su intercesión maternal y os ayude a cada uno de vosotros a hacer de este lugar una casa donde florezcan las mismas virtudes presentes en la santa casa de Nazaret. Con estos sentimientos, os imparto de corazón la Bendición Apostólica, extendiéndola a cuantos os son queridos y a todos aquellos que viven y se entregan con generosidad en este lugar.


  Al final de la visita, los huéspedes del albergue y los voluntarios de la Cáritas de Roma entregaron al Papa el crucifijo  de la iglesia de san Pedro de Onna, el pueblo más afectado por el terremoto en los Abruzos del pasado mes de abril.


El Papa lloró durante su visita a un albergue para pobres de Roma
Fuente: EFE
Benedicto XVI se emocionó al escuchar a uno de los internos de un centro de Cáritas, según un diario del Vaticano. Exhortó además a volver a descubrir las dimensiones de la donación y de la gratuidad
El papa Benedicto XVI lloró el domingo durante su visita a un albergue para pobres de la organización humanitaria católica Cáritas en Roma, desveló este lunes el diario del Vaticano L'Osservatore Romano.

"Las lágrimas de Benedicto XVI son el símbolo de su visita al albergue situado en la estación de ferrocarriles Términi, de Roma. Son lágrimas que salieron del corazón del Papa al escuchar las palabras con los que fue acogido por uno de los pobres", afirmó el vespertino de la Santa Sede comentando la visita.

Aunque las cámaras de televisión no recogieron ese momento, el diario vaticano señaló que el anciano Pontífice lloró emocionado ante las palabras que le dirigieron, de bienvenida, los pobres.

"Esas mujeres, hombres, niños y ancianos consolados en nombre de la caridad de Cristo pidieron al Obispo de Roma que resista ante las fatigas del mundo y le dijeron que rezan por él e imploran a Dios serenidad, fuerza y esperanza para Benedicto XVI", señaló el diario, que agregó que ante esas palabras "tan emotivas" el Pontífice lloró.

Durante su visita, Benedicto XVI exhortó a volver a descubrir las dimensiones de la donación y de la gratuidad en un mundo caracterizado por la "lógica del beneficio". 
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